Opinión
Tendencia

El pádel no es paralíderes con experiencia

Por Mario Elsner

Opinión | 14/07/2026| 20:26
[metaslider id="52519"]

Hace unos días me di cuenta de algo que, si soy honesto, llevaba muchos años posponiendo. Durante buena parte de mi vida profesional casi todo lo que hacía tenía un propósito muy claro: cumplir un objetivo, resolver un problema, desarrollar un equipo, sacar adelante una operación o responder por un resultado. Incluso cuando tenía tiempo libre, terminaba haciendo algo que, de una u otra forma, seguía conectado con el trabajo.

Salir del mundo corporativo me obligó a hacerme una pregunta que nunca antes me había planteado: ¿qué hago simplemente porque me gusta hacerlo?

Después de darle muchas vueltas terminé haciendo algo que jamás imaginé. Empecé a jugar pádel.

La verdad es que nunca estuvo en mi lista de deportes favoritos. Si hoy juego no es porque soñara con hacerlo desde niño. Más bien hice un análisis bastante práctico: está a cinco minutos de mi casa, no necesito invertir una fortuna en equipo porque puedo rentarlo, juego un rato, me distraigo y en otros cinco minutos ya estoy de regreso. Comparado con mi otra afición, ir a pescar los fines de semana, el pádel resultó ser mucho más amable con mi tiempo… y con mi cartera.

Entré bastante confiado. Después de todo, durante mi infancia y adolescencia jugué tenis durante muchos años. Era el deporte de mi papá y, como suele pasar, terminó convirtiéndose también en el mío. No era profesional ni mucho menos, pero tampoco era malo. Pensé que esa experiencia sería una ventaja.

Qué equivocado estaba.

Cada clase con Armando, mi entrenador, termina pareciéndose más a una sesión de desaprendizaje que de aprendizaje. Cada vez que golpeo la pelota aparece la misma escena. Él sonríe, señala algún detalle y me dice: 

“Ahí está otra vez el tenis.”

Resulta que arrastro los pies como en tenis.

Agarro la raqueta como en tenis.

Intento pegarle fuerte como en tenis.

Busco efectos que en pádel ni siquiera tienen sentido.

Mi cuerpo hace exactamente lo que aprendió durante años. El problema es que ahora todo eso juega en mi contra.

Lo curioso es que entenderlo no sirve de mucho.

Sé perfectamente lo que debo hacer.

El problema es que, cuando llega la pelota, mi cuerpo no consulta la teoría. Consulta la experiencia.

Y ahí fue donde empecé a pensar que eso mismo nos pasa mucho más seguido de lo que imaginamos.

Mientras intentaba corregir un golpe, entendí que Armando no estaba luchando contra mi falta de talento. Estaba luchando contra miles de repeticiones que mi cerebro convirtió en instinto hace muchos años. Cada movimiento que hoy intento corregir fue, en algún momento, un acierto. El problema es que aquello que funcionaba en un deporte dejó de funcionar en otro.

No sé por qué pensamos que en el liderazgo sucede algo diferente.

Después de tantos años dirigiendo equipos, he conocido líderes extraordinarios que llegan a organizaciones nuevas convencidos de que su experiencia será suficiente para resolver cualquier reto. Muchas veces lo es… hasta que deja de serlo. Porque el mercado cambia, las personas cambian, la tecnología cambia y, sin darnos cuenta, seguimos reaccionando con los movimientos que aprendimos en otra época.

Ahí es donde aparece la verdadera Escuela Jurásica.

No creo que sea un problema de edad. Tampoco de generación. Creo que es un problema de memoria. Durante años repetimos ciertos comportamientos hasta convertirlos en automáticos. Aprendimos que un buen líder debía controlar todo, responder todas las preguntas, revisar cada detalle y estar presente en cada decisión importante. En su momento probablemente funcionó. El problema aparece cuando seguimos jugando el mismo partido con reglas completamente distintas.

Quizá por eso cambiar resulta tan incómodo.

No porque aprender sea difícil.

Lo difícil es desaprender aquello que durante años nos dio resultados y que, precisamente por eso, nuestro cerebro sigue defendiendo como si todavía fuera la mejor opción.

Cada vez que entro a la cancha descubro una versión muy curiosa de mí mismo. La parte racional entiende perfectamente lo que debe hacer. La parte automática insiste en jugar tenis. Supongo que exactamente la misma batalla ocurre todos los días dentro de muchas empresas. Los líderes no siempre toman malas decisiones porque les falte capacidad; muchas veces las toman porque responden en automático a un mundo que ya dejó de existir.

Y quizá ahí está la reflexión que más me dejó este nuevo deporte.

La experiencia sigue siendo un activo extraordinario, siempre y cuando conserve la humildad suficiente para dejarse cuestionar. El día que la experiencia se convierte en la única forma posible de hacer las cosas, deja de ser sabiduría y empieza a parecerse mucho a una jaula.

Tal vez por eso ser incómodo empieza por uno mismo. Empieza el día que aceptamos que aquello que nos trajo hasta aquí podría no ser lo que nos lleve al siguiente nivel. Empieza cuando dejamos de defender nuestras viejas mañas y nos damos permiso de volver a sentirnos torpes, porque solo quien acepta verse principiante otra vez tiene la posibilidad de evolucionar.

Desde entonces llego a cada clase con una idea distinta. Ya no intento demostrar que sé jugar. Intento descubrir qué movimientos necesito dejar atrás.

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

Sospecho que el liderazgo moderno exige exactamente lo mismo.

Porque la evolución rara vez empieza aprendiendo algo nuevo.

Casi siempre empieza teniendo el valor de desaprender lo viejo.

Y por eso “Ser incómodo es el Nuevo Liderazgo”.

Te acompaño al siguiente nivel de los negocios

TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Back to top button