Atole de granillo, el elixir tradicional de Chiapas
Porque Chiapas no solo se recorre con los pies, también se saborea con respeto y memoria.


En el vasto universo de las bebidas tradicionales mexicanas, hay una que destaca en las cocinas y mercados de Chiapas por su sabor, su textura y su profunda raíz cultural: el atole de granillo. No es un atole cualquiera, ni una simple bebida caliente. Es una receta heredada, un abrazo líquido que habla de comunidad, de identidad y de la conexión viva con la tierra y el maíz.
El atole de granillo se prepara con maíz quebrado o martajado, es decir, no molido del todo, lo que le da su característica textura gruesa (de ahí el nombre “granillo”). Este grano se cocina lentamente en agua hasta reventar, y luego se mezcla con piloncillo, canela y, a veces, un toque de cacao, dependiendo de la región o de la familia que lo prepare.
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Es común verlo en las comunidades indígenas tzotziles y tzeltales, donde sigue siendo parte del desayuno, de las fiestas patronales, de los rituales y de las ferias. Pero más allá de su función alimenticia, el atole de granillo cumple un papel ceremonial y afectivo: se comparte en familia, se ofrece en las ofrendas, se da a los visitantes como muestra de hospitalidad.
Lo más notable de esta bebida chiapaneca no es solo su sabor espeso, ligeramente dulce y terroso, sino lo que representa: una forma de resistir el olvido, de mantener vivas las tradiciones y de recordar que el maíz no es solo alimento, sino símbolo de vida.
En tiempos donde lo instantáneo domina la mesa, el atole de granillo nos invita a volver a lo básico: a lo que se cocina despacio, a lo que se comparte sin prisas, a lo que se hereda con orgullo. Porque Chiapas no solo se recorre con los pies, también se saborea con respeto y memoria.





