El Renacimiento Maya ya es una tesis de México
VISIÓN COMPARTIDA - Víctor José López Martínez


En 2023, el 52% del tonelaje que movieron los 150 principales puertos de Estados Unidos de América pasó por el Golfo de México, de acuerdo con el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de ese país. Houston encabeza la lista nacional; South Louisiana y Corpus Christi la escoltan. Ese mismo mar baña seis estados mexicanos y los puertos de Altamira, Tampico, Veracruz, Coatzacoalcos, Dos Bocas y Progreso. La mitad del comercio marítimo de la primera economía del mundo circula por un mar cuya orilla sur es mexicana. Pocas geografías ofrecen a un país una ventaja tan clara y tan poco aprovechada.
El sur-sureste de México ha visto pasar planes de escala regional: el Plan Puebla-Panamá, el Proyecto Mesoamérica, las Zonas Económicas Especiales. Todos partían de diagnósticos correctos y todos quedaron en el archivo. Conviene entender por qué, porque la explicación vale más que el recuento.
Fueron programas: instrumentos de un Gobierno, sostenidos por un presupuesto y por la voluntad de quien los firmaba. Dependían de una sola fuente de energía, y cuando esa fuente se apagó, el programa se apagó con ella.
Una tesis es otra cosa. Ortega y Gasset distinguía entre las ideas que uno tiene y las creencias en las que uno está, y con los proyectos de país ocurre algo semejante. Un programa se ejecuta; una tesis se habita. Se vuelve el supuesto desde el cual deciden actores que nunca estuvieron obligados por quien la formuló: el capital, las fuerzas armadas, las universidades, los socios comerciales, los gobiernos vecinos. Cuando eso sucede, la tesis ya pertenece al país.
El Renacimiento Maya nació a finales de 2023 como la propuesta de Joaquín Díaz Mena para Yucatán y en 2024 se convirtió en el Plan Estatal de Desarrollo de su Gobierno. Hoy conviene decir lo que realmente es: la tesis de que el Golfo de México y la península de Yucatán constituyen la plataforma natural de México hacia el Caribe, Centroamérica y el sur de Estados Unidos.
Tres dimensiones la sostienen. La primera es logística y naval, con Progreso como puerto de altura de una región marítima que hoy está desatendida desde el lado mexicano. La segunda es territorial e identitaria: una inversión que llega a un pueblo con nombre propio, desde el bordado maya que Yucatán gestiona ante la Unesco hasta los Pilares del Renacimiento Maya que se levantan en 35 municipios. La tercera es ética, y es la que da sentido a las otras dos: el desarrollo tiene que llegar a todos, porque la península aprendió con el henequén lo que cuesta una riqueza que se concentra en pocas manos.
La prueba de que una tesis ha trascendido a su autor es que otros la financian. En Progreso, el programa completo de expansión del puerto suma más de 12,500 millones de pesos en tres etapas. La primera, de 1,630 millones, la pagó el Estado y está concluida, con el canal de navegación a 13.30 metros de profundidad. La segunda, de 948 millones, la ejecuta SSA Marine, cuya matriz Carrix pertenece a Blackstone.
La tercera la construye la Secretaría de Marina a través de ASIPONA, con licitación adjudicada y la plataforma norte ganándole terreno al mar desde el 24 de julio, para sumar 80 hectáreas y triplicar la superficie del recinto. Carnival anunció 50 arribos de su clase Excel para 2028. El Gobierno de México construye el ramal ferroviario de carga de 56 kilómetros entre Poxilá y la zona de Progreso. Grupo Alarde levanta en Tizimín, con 2,600 millones de pesos, el primer parque eólico de México en seis años. Ninguno de esos actores responde al Plan Estatal de Desarrollo de Yucatán. Todos decidieron a partir de la misma lectura del mapa.
Esto importa para México más que para Yucatán. La revisión del T-MEC, la reindustrialización naval de Estados Unidos y la reorganización de las cadenas de suministro del hemisferio colocaron al Golfo en el centro de la geoeconomía de Norteamérica. La Presidenta Claudia Sheinbaum ha hecho del Plan México un instrumento de política industrial con polos regionales de desarrollo, y el sureste necesita que uno de esos polos tenga mar. La Marina lo entendió con claridad: declaró la industria naval como una de sus prioridades y asumió la tercera etapa de Progreso. Ahí se produce un alineamiento entre el gobierno federal, un gobierno estatal y el capital privado que ningún plan regional anterior consiguió.
Lo que sigue es que ese ecosistema entero haga suya la tesis en el largo plazo. Las navieras que ya trazan sus rutas hacia Progreso, los fondos de infraestructura que colocan a la península en el mismo mapa que Houston y Brownsville, la Marina, las universidades instaladas junto al puerto, los industriales yucatecos, los gobiernos municipales de la costa y los socios de Centroamérica y el Caribe. Una tesis de esta escala tiene que vivir por encima de los colores: pertenece a la región, y la región la sostiene sin distingo de partidos, como sostuvo durante un siglo la vocación portuaria de Veracruz o la industrial de Monterrey. Quien formula la tesis del Golfo y la sostiene con hechos conduce la conversación del Golfo, y en la geopolítica de las regiones esa conducción vale tanto como la obra.
Los primeros resultados ya están a la vista. Yucatán cerró el primer trimestre de 2026 con un crecimiento anual de 2.1% frente al 0.3 nacional, séptimo lugar entre las 32 entidades según el INEGI, mientras sus vecinos de la península retrocedían. El Índice de Competitividad Estatal 2026 del IMCO lo coloca también en el séptimo lugar nacional, su mejor posición histórica. En educación, más de 194 mil estudiantes reciben beca y este ciclo escolar abren sus puertas la Universidad Rosario Castellanos en Kanasín y la Universidad Tecnológica del Mar en Progreso, a un paso del nuevo puerto. Esos datos son apenas las primeras consecuencias de la tesis. El Renacimiento Maya ya no cabe en un plan estatal: México tiene en su costa sur una lectura del Golfo que el capital, el pueblo y sus socios comerciales han hecho suya. Esa es la visión compartida que este tiempo exige.






