Opinión

El espíritu agotado del trabajo

Constelaciones Lectoras por Rosely E. Quijano León

Opinión | 21/07/2026| 21:52
[metaslider id="52519"]

Ningún centro de trabajo debería sentirse como un lugar de suplicio al que se acude con miedo contando las horas y los minutos para salir. Pero la realidad es que miles de empleados, trabajadores de empresas, corporativos y burócratas lo viven todos los días.

Durante la pandemia, cuando nuestras oficinas pasaron a estar dentro de nuestras casas y los horarios laborales se desdibujaron entre el home office y los mensajes de WhatsApp, muchos jefes o superiores mal entendieron que esto daba pie a pedir a cualquier hora algo urgentísimo que, en realidad, nunca lo era. Pero la realidad es que el abuso de autoridad viene de mucho tiempo atrás. El hostigamiento, las injusticias y la vulneración de los derechos laborales lamentablemente existen desde siempre.

No sé exactamente cuándo este tema comenzó a inquietarme tanto. Si desde que escuché cientos de casos de abusos y acoso laboral cuando me tocaba resolverlos en el sindicato al cual pertenezco, o las veces que tuve jefes y jefas abusivas y agresivas que seguro sentían cierto placer en humillarnos, denigrarnos y hacernos dudar de nuestras capacidades.

Y aunque eso para mí ha quedado en el pasado, quienes alguna vez vivimos el burnout (estrés laboral crónico) y el mobbing (hostigamiento laboral) sabemos que esas experiencias se quedan grabadas en la memoria y en la piel para siempre. Un estudio reciente reveló que México ocupa el tercer lugar en estrés laboral, pues 62% de los trabajadores reportan vivir o haber vivido burnout; una cifra mayor que en países como China o Japón donde el trabajo lo es todo. Incluso, en Japón, tienen el término médico y legal para los empleados que colapsan o tienen problemas de salud mental debido a la toxicidad laboral que viven: se denomina Karoshi.

Eso es precisamente lo que retrata la escritora belga Amélie Nothomb en su novela autobiográfica “Estupor y temblores”, titulada así porque es lo que en el Japón feudal debían sentir los súbditos ante el Emperador, debían acercarse a él abrumados por el miedo en una actitud de estupor. La novela hace una crítica al mundo corporativo y laboral donde en una inmensa cadena jerárquica cada jefe denigra y humilla a sus subalternos como les da la gana.

La novela narra cómo la joven de 24 años Amélie cumpliendo su sueño de trabajar en una de las empresas más importantes de Japón logra ingresar como traductora a Yumimoto, pero su sueño se convierte en una verdadera pesadilla desde el primer día, cuando descubre que estando en el último eslabón de la cadena jerárquica, siendo mujer y occidental, nada le será fácil.

Durante todo el año que dura su contrato, Amélie soporta estoicamente gritos, humillaciones y órdenes cada vez más absurdas a capricho de sus jefes. Le prohíben hablar japonés, pese a haber sido contratada como traductora; la relegan a servir café, fotocopiar documentos innecesarios, archivar facturas e incluso limpiar los baños de la empresa.

Pero ella no será la única que experimenta esa toxicidad laboral, a su propia jefa que la humilla también le pasa, como en una cadena en donde cada jefe inmediato acostumbra a sobajar a sus subordinados. Entre estas páginas la autora muestra el lado oscuro del mundo laboral y corporativo. Algo que sucede tristemente mucho más de lo que imaginamos y lo que no se nombra o no se dice bajo el miedo de perder el trabajo, ser acusado de no tener bien puesta la camiseta o el suficiente espíritu del trabajo.

El neoliberalismo nos vendió la falsa idea de que es un gran logro amar tu trabajo, pero lo único que nos deja esa devoción es vivir explotados, agotados y solos, como bien dice la periodista Sarah Jaffe. El éxito laboral se ha confundido con darlo todo, trabajar horas extras y renunciar prácticamente a tu propia voz y tu vida personal por alcanzar eso tan efímero llamado ascenso.

Con los años uno aprende que nadie es indispensable. La silla que ocupas la ocupará alguien más, con menos o más capacidades, eso no importa. Pero admitamos que sí existen pésimos ambientes laborales, que la gente se enferma por estrés laboral, física y mentalmente, y admitamos también que falta mucho para crear espacios de trabajo más dignos y humanos.

Lo que no está bien es que normalicemos sufrir todo eso en silencio, mientras se le exige cada vez más a nuestro agotado espíritu del trabajo.

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Te puede interesar
Close
Back to top button