Opinión

¿Y ahora qué?

José Miguel Martínez

Han pasado más de tres semanas desde que inició el conflicto con Irán. Aunque Donald Trump juró y perjuró que la guerra duraría máximo dos semanas —pues, en sus palabras, “ganamos desde el minuto uno”—, es evidente que el conflicto no hace más que alargarse. Tal parece que Estados Unidos e Israel ya no saben qué camino tomar. Sin ir más lejos, Trump ha insistido en repetidas ocasiones, tanto en discursos como en redes sociales, en que ya ganaron la guerra y que “Irán fue arrasado”. Según él, ya no existe su cúpula política, su fuerza aérea ni su marina; no queda nada. Sin embargo, día tras día, los hechos sugieren que esto podría ser una mentira fabricada por la desesperación.

Simultáneamente, Trump y Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel, continúan bombardeando instalaciones en Irán y amenazando con prolongar la ofensiva. Cabe preguntarse: ¿qué bombardean y a quién amenazan si ya no quedan instalaciones militares que destruir? Según el propio Trump, ya no existen.

La desesperación es tal que Trump ha implorado ayuda a sus aliados en Europa y Asia. Sí, a esos mismos europeos que tanto ha despreciado, al grado de que a inicios de año amenazó con invadir si no le entregaban Groenlandia y de quienes se mofó en la Cumbre de Davos. También ha buscado el apoyo de China para intentar abrir el estrecho de Ormuz.

Al recibir la negativa de sus socios, Trump —como era de esperarse— arremetió contra ellos y contra la OTAN, reclamando que Estados Unidos siempre los ha apoyado con Ucrania, pero ellos no le corresponden con Irán. Es la misma Ucrania a la que, al inicio de su mandato, Trump le negó ayuda mientras regañaba a Zelenski, presidente de Ucrania,  por “jugar a la Tercera Guerra Mundial”.

Mientras el tiempo avanza, Trump se queda solo en el panorama internacional. Sus aliados no reaccionan como esperaba y los países del Golfo, que albergan bases estadounidenses, se han limitado a defender sus propias instalaciones sin aportar a la ofensiva militar. La negativa es tan tajante que incluso se les ha negado el espacio aéreo europeo a los bombarderos B-1, obligándolos a desviarse para aterrizar en el Reino Unido.

Tras varias amenazas contra Alemania y Francia, la mayoría de Europa accedió a colaborar para reabrir el estrecho de Ormuz. No lo hicieron por miedo a Trump, sino por el impacto económico del alza en el petróleo. No obstante, el problema en Ormuz no es la falta de apoyo militar, sino cómo sortear las minas submarinas colocadas por Irán. Mientras tanto, el crudo sigue subiendo. Ahora que los yemeníes se han involucrado amenazando con cerrar el estrecho de Bab al-Mandeb —por donde pasa el 10% del petróleo mundial—, el shock energético se agrava: entre Ormuz y Bab al-Mandeb circula el 40% del petróleo global.

Tal parece que Trump no tiene una salida sencilla para esta encrucijada, ya sea que Israel lo haya arrastrado o que él solo se haya metido en ella, si se retira, evidencia su falta de planeación y debilidad ofensiva; si se queda, los precios del petróleo seguirán subiendo, provocando una crisis económica global. Si escala el conflicto, corre el riesgo de que sus aliados le den la espalda o que China y Rusia se involucren abiertamente.

Entre que son peras o son manzanas, Trump se hunde lento pero seguro. Más que una victoria aplastante, parece que Irán ha logrado colocarlo en el peor escenario posible. Cualquier decisión lo deja mal parado, con las elecciones intermedias a la vuelta de la esquina y los demócratas prometiendo llevarlo a la cárcel si ganan. Trump debe estar preguntándose: “¿Y ahora qué?”. Sus opciones se desvanecen tan rápido como la promesa de terminar esta guerra en dos semanas.

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