

Desde el 28 de febrero Doland Trump, mandatario de Estados Unidos, decidió bombardear Irán. Tal vez lo hizo impulsado por la emoción de la facilidad de la captura de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, y ante la poca resistencia internacional, la cual puede deberse al miedo o a la incapacidad para hacer algo.
La idea era simple: acabar con toda la armada, incluyendo la fuerza aérea, balística y naval iraní, así como las instalaciones de enriquecimiento nuclear. Todo bajo la consigna de que representan una amenaza para la supervivencia de Estados Unidos y para la estabilidad en la región.
Esta operación militar, por supuesto, no es una guerra ni una declaración de conflicto armado contra otra nación, (bajo los estándares de Trump). Por ello, no requirió aprobación del Congreso estadounidense, y claro que también Trump juró y perjuró que el conflicto no duraría más de dos semanas.
Cuando Irán se vio acorralado y con su Jefe de Estado, el Ayatolá, aniquilado por las fuerzas de Estados Unidos, descartó la opción de bombardear a todos los países de Medio Oriente por apoyar a Trump. En cambio, concentró sus esfuerzos en dos objetivos: el primero, bombardear y acabar por completo con las bases estadounidenses en la región; y el segundo, cerrar el Estrecho de Ormuz.
El primer objetivo se concretó con éxito, pues Irán logró acabar con al menos el 80% de las bases de Estados Unidos en Medio Oriente. Sin embargo, lo que realmente puso a Trump, contra las cuerdas fue el cierre del Estrecho de Ormuz. Siempre se ha sabido que el Estrecho era un arma geopolítica de gran importancia, pero creo que ni Irán, ni Trump y todos sus asesores, creyeron que fuera de tal magnitud.
Con ello, Irán ha logrado que los precios del petróleo y gas licuado lleguen a máximos históricos y que, con una sola declaración, o lanzando un misil, el mercado se vuelva loco subiendo hasta 9% el precio del crudo. Esto es relevante debido a que toda la cadena de suministros se ve afectada y los precios de los combustibles se van a las nubes, lo cual, adicionalmente, genera presiones en los aliados de Estados Unidos.
No obstante, el cierre del Estrecho de Ormuz cobra mayor relevancia entre más se acerca el invierno, pues más del 20% del gas licuado del mundo pasa por el Estrecho, por lo que Europa se ve en un problema mayor. Me explico: desde que se desató la guerra de Ucrania y los europeos decidieron bloquear el gas proveniente de Rusia, pasaron a depender en gran medida de lo que les llegaba de Medio Oriente.
Ahora, ante este nuevo panorama, Trump está empezando a sentir la presión de sus aliados de la OTAN. Todo mientras el invierno se acerca, por lo que el gas licuado empieza a ser parte de las prioridades de sus aliados y, por más que Estados Unidos intenta llegar a un acuerdo de paz para poder desbloquear el Estrecho, esto no se ha logrado. Y vaya que, intentado de todas las maneras posibles, tanto por las buenas como por las malas, pero lo que no previó Trump fue el lío en el que él solito se estaba metiendo.
Irán, no tiene absolutamente nada que perder: no tienen por qué negociar un trato desigual con Estados Unidos, tienen el control de Ormuz y saben que entre más pasa el tiempo, Europa empezará a entrar en pánico ante la necesidad de mantener calientes a sus ciudadanos.
A Trump, por su parte, se le acaba el tiempo; y por más que lo intenta, la paz que tanto anhela en Medio Oriente no llega. El invierno en Europa y las elecciones intermedias están más próximas de lo que parece. Por su parte, Irán no tiene intenciones de facilitarle una victoria a Trump. Después de todo llevan toda su vida preparándose para ver a sus enemigos de rodillas y congelados.






