
Luiz Inácio Lula da Silva cumplió 81 años con un cuarto mandato asegurado. El domingo derrotó en segunda vuelta a Flávio Bolsonaro, que había ganado la primera ronda con cerca del 47% frente al 45% del presidente. La remontada le dio una ventaja de alrededor de 4,5 millones de votos.
El resultado trasciende a Brasil. Flávio fue el candidato más cercano a Washington: Donald Trump lo recibió en el Salón Oval en mayo y celebró su desempeño en la primera vuelta. Tras el balotaje, Trump cuestionó la legitimidad de los comicios y la ampliación del horario de votación. Los números no lo respaldan: esa ampliación representó unos 34.000 votos, una fracción mínima del margen de Lula.
Lo más revelador fue la respuesta institucional. Flávio reconoció su derrota, desistió de pedir la anulación de la elección y anunció que encabezará la oposición, aunque mantiene abierta una vía judicial para buscar la inhabilitación de Lula y del vicepresidente Geraldo Alckmin por presunto abuso de poder económico.
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Al mismo tiempo, gobiernos aliados de Trump en Chile, Colombia, Perú, Paraguay y Bolivia felicitaron al mandatario brasileño. Una región hoy mayoritariamente de derecha optó por el pragmatismo antes que por la narrativa del fraude.
Los mercados reaccionaron con dureza. La Bolsa de São Paulo, que apostaba por un triunfo opositor, cerró el lunes con una caída cercana al 14%. Es una señal de que el margen de maniobra económico de Lula será estrecho desde el primer día.
Para Washington, el resultado obliga a definirse. Puede seguir tratando a Brasil como un adversario ideológico o asumir que la mayor economía de América Latina seguirá en manos de un gobierno con el que necesita negociar comercio, minerales críticos y seguridad regional. La segunda opción es menos cómoda, pero es la que mejor protege los intereses estadounidenses en el hemisferio.



