Opinión

Lo que nos trae el viento

Rosely E. Quijano León

No sé si en otros lugares, pero en la Península de Yucatán el viento es más que solo viento, es augurio, voces que habitan el silencio; es mensajero de malos presagios, enfermedades, ciclones y tragedias, pero también puede refrescar nuestra nostalgia y soplar con sabiduría a nuestro favor.

Nuestros ancestros se han encargado de transmitirnos sus significados, y de enseñarnos a sentir y escuchar lo que nos trae el viento.

¿Puede un libro atrapar los augurios de un ‘mal viento’ y soplarnos lentamente mientras leemos cada una de sus páginas? Sí, con “K’i’ixib máako’ob” (“Los hombres espinados”) de Luis Antonio Canché Briceño podemos no solo sentir el viento, sino incluso aprender de él.

Escrito en maya y traducido al español, este libro no solo contiene el susurro de los vientos, sino toda la belleza de la lengua y la cosmogonía maya que se despliegan en cada uno de sus 13 relatos, tejidos con ráfagas de fantasía, ficción y la implacable realidad que azota a las comunidades mayas.

No por nada, con este libro, su autor fue galardonado en 2022 con el Premio de Literaturas Indígenas de América (PLIA) que se otorga durante la FIL Guadalajara. Y el cual ha sido publicado en 2025 por la Universidad de ese estado.

Hay un viento cargado de tradición, creencias, misticismo, mitología y nostalgia que atraviesa todos estos cuentos narrados al estilo de la tradición oral. Y hay personajes y símbolos que hemos conocido antes por los relatos que permanecen aún vivos de nuestros ancestros.

Como, por ejemplo, el tojché: “Ese mal agüero en forma de grito desesperante que ronda por las calles y según la gente muy antigua, es un mal viento que presagia la muerte”. O la cruz que camina, o las “gigantescas serpientes que levantan el vuelo y aletean en la oscuridad”; venados gigantes, o los más populares aluxes, la Madre Ceiba, o los seres gigantes con “los ojos completamente blancos que se iluminan entre la oscuridad como el parpadeo de las luciérnagas en la maleza”, conocidos como los hombres espinados.

Pero además del viento, hay un personaje que nos acecha a cada rato: el diablo. ¿Acaso se le puede engañar? Aquí se narra cómo alguna vez lo lograron, pero ¡cuidado!, que la maldad no duerme en estos relatos.

Y el viento perenne que arrasa a veces con todo nos trae también en estos cuentos una realidad desoladora. Por ejemplo, la migración, un tema latente y actual que aparece en “La incertidumbre del viento”; o las víctimas silenciosas de abuso sexual infantil que en su mismo hogar habitan con el diablo, como sucede en “Solo tenía once años”.

Otros temas también azotan como un ventarrón estas páginas: el despojo de tierras, la ambición y avaricia, la deslealtad y la discriminación. Narrarlos es una forma de visibilización, de denuncia y de la conciencia social que Luis Antonio tiene muy firme en su escritura.

Y hay otros vientos que nos arrojan al inframundo de la nostalgia a visitar a nuestros muertos. Leyendo “El camino de las velas”, añoré volver a ver a mi abuelita, como Jacinto, quien “pensó entonces que quizá el fuerte viento que comenzaba a soplar, un viento húmedo como el que azota en las épocas de los nortes en el pueblo, los paralizaba.”

Lo que nos trae Luis Antonio con este libro es el viento renovado de la buena literatura, de la belleza de su lengua materna y la apacible lectura de un libro que sopla fuerte mientras caminamos por los mismos senderos de nuestros ancestros y escuchamos el susurro de su sabiduría que nos trae el viento.

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